Dijo Rabí Shimón bar Yojai: “El odio altera el orden normal de las cosas.” (Midrash Bereshit Rabbah 55:8)
«El odio es una de las pasiones más tenaces. Las pasiones nobles y generosas se agotan pronto, pero el odio sobrevive a todos los entusiasmos” (Ernesto Sabato)
Primero aprendí lo que es el odio por ser judío. Lo aprendí estudiando nuestra historia, el antisemitismo, las persecuciones, los pogroms y el Holocausto. Después tuve un segundo encuentro, más cercano y más personal, con otra forma de odio: el odio dirigido contra Israel y contra quienes defendemos, sin pedir perdón, la existencia del Estado judío. Es decir, contra quienes somos sionistas. Y estas últimas semanas, durante el Mundial, apareció una tercera experiencia, incomparable en gravedad, pero curiosamente familiar: ser argentino.
No estoy diciendo que el odio contra la Argentina sea igual al antisemitismo. No lo es. Sería absurdo, desproporcionado e históricamente falso. El antisemitismo tiene siglos de sangre, persecución, expulsiones y muerte. Pero sí creo que ciertos mecanismos del odio se repiten. Cambian de idioma, cambian de excusa, cambian de bandera, cambian de camiseta, pero muchas veces conservan la misma estructura.
A mis queridos compatriotas argentinos que miran perplejos el desprecio vomitado contra nuestro país, nuestra selección y nuestro capitán, quisiera ofrecerles una pequeña guía para los perplejos. No una explicación definitiva. Apenas una reflexión desde mi triple identidad: judío, sionista y argentino. Porque ser judío me enseñó algo sobre la irracionalidad del odio. Ser sionista me enseñó algo sobre su perversidad moral. Y ser argentino, en estos días, me hizo reconocer una gramática que ya había escuchado demasiadas veces.
1. El odio muta: cambia de camiseta
Como judío aprendí que el odio es un virus que muta. El antisemitismo fue religioso: el judío como enemigo de la Iglesia. Después fue nacional: el judío como extranjero permanente. Luego fue racial y biológico: el judío como amenaza para la sangre y la pureza de una nación. Más tarde fue económico, cultural, político, de izquierda, de derecha, revolucionario, reaccionario, aristocrático o popular. El odio contra los judíos siempre encontró un nuevo lenguaje para decir lo mismo.
Como sionista aprendí que el odio contra Israel también cambia de camiseta. En un momento Israel fue odiado como un proyecto socialista, con kibutzim, ideales marxistas y cercanía al mundo soviético. Después pasó a ser odiado como supuesto enclave colonialista, imperialista, capitalista y militarista. La acusación cambia. El acusado permanece.
Y como argentino vi algo parecido durante el Mundial. El odio contra Argentina también fue cambiando de camiseta, esta vez de manera literal. Primero se vestía con la camiseta del rival de turno. Después con la de Inglaterra. Después con la de Francia. Después con la de España. Después con cualquier camiseta que pudiera servir para que Argentina perdiera. No siempre era amor por esos equipos. Muchas veces era simplemente deseo de que Argentina cayera. El que odia primero odia. Después busca una camiseta que le quede cómoda usalmente la que este más de moda en ese momento.
2. Los datos no importan cuando el odio ya decidió
Como judío aprendí que los datos tienen poco poder frente al odio. Uno puede explicar un ritual, una costumbre, una idea teológica, una práctica comunitaria, una frase sacada de contexto. Pero cuando el prejuicio ya está instalado, el dato llega tarde. El odio no discute para aprender. Discute para confirmar lo que ya decidió.
Como sionista aprendí algo parecido. Dos personas pueden mirar la misma imagen, el mismo mapa, el mismo dato histórico, la misma escena de una guerra, y ver dos realidades completamente distintas. Porque los datos nunca llegan desnudos. Siempre son recibidos por una estructura previa de sentido. Y si la estructura previa dice que Israel es culpable antes de cualquier evidencia, entonces toda evidencia terminará confirmando la culpa de Israel.
Durante el Mundial, muchos argentinos vimos esa misma lógica en versión futbolera. No importaban las reglas, el VAR, las estadísticas, las jugadas repetidas desde veinte ángulos ni las decisiones de los árbitros. Si la decisión favorecía a Argentina, era robo. Si el VAR confirmaba una jugada, era corrupción. Si Messi jugaba bien, era porque Infantino quería coronarlo. Si Argentina ganaba, era porque alguien había decidido que tenía que ganar. El dato no importaba. La percepción ya había dictado sentencia.
3. Del error a la deshumanización hay un paso demasiado corto
Como judío aprendí que del desacuerdo a la deshumanización hay menos distancia de la que creemos. Durante siglos, el judío no fue simplemente alguien con otra religión. Fue representado como traidor, usurero, asesino de Dios, conspirador, demonio. Del Moisés con cuernos al judío con cola, de la “sinagoga de Satanás” al judío como plaga, el odio siempre necesitó convertirnos en algo menos que humanos.
Como sionista aprendí que Israel también es muchas veces descrito con ese lenguaje. No como un país real, complejo, imperfecto, democrático, contradictorio, atravesado por debates internos profundísimos, sino como “el cáncer del mundo”, “el pequeño Satán”, “un Estado artificial”, “una entidad criminal”. La crítica política es legítima. La demonización no.
Y como argentino vi cómo, en estas semanas, también aparecieron caricaturas parecidas. Los argentinos como los peores de todos. Los más racistas. Los más soberbios. Los más crueles. Los más violentos. Los más tramposos. Los más insoportables. La acusación de racismo apareció con una facilidad llamativa: Argentina como “el país más racista del mundo” porque su selección no tenía una presencia visible de jugadores afrodescendientes, como si la historia demográfica de un país, sus migraciones, sus tragedias, sus silencios, sus errores y sus deudas pudieran reducirse a un meme.
Por supuesto que Argentina tiene temas profundos que revisar sobre racismo, clasismo e identidad. Todo país los tiene. También Israel. También el pueblo judío. También quienes señalan con tanta superioridad moral. Pero una cosa es discutir una realidad compleja. Otra muy distinta es usar esa complejidad como etiqueta totalizante. El odio no analiza. El odio etiqueta. Y cuando etiqueta, descansa.
4. La parte se convierte en el todo
Como judío aprendí que quien odia siempre tomará una parte, un error, una frase, una costumbre difícil, un episodio incómodo o una tensión real, y lo convertirá en la esencia de todo lo que somos. Un texto complejo pasa a definir todo el judaísmo. Una práctica mal entendida pasa a revelar “la verdadera naturaleza” de los judíos. Un individuo judío corrupto pasa a representar a todos los judíos. Un banquero, un productor de Hollywood, un político o un intelectual se convierte en prueba de una supuesta maquinaria global. La parte reemplaza al todo.
Como sionista aprendí que lo mismo sucede con Israel. Un error de un soldado, una frase brutal de un político, una ley discutible, una decisión militar cuestionable o una imagen dolorosa se convierten no en materia de crítica, sino en prueba de esencia. No se dice: Israel hizo algo mal. Se dice: esto demuestra lo que Israel es.
Y como argentino vimos algo parecido. Un penal discutible ya no era un penal discutible. Una tarjeta roja ya no era una decisión arbitral. Un cuadro favorable ya no era parte de la suerte del torneo. Los botines de Messi, el VAR, los árbitros, Infantino, la FIFA, el fixture, todo podía ser leído como parte de un mismo complot. La mente que odia no tolera la complejidad. Necesita que todo encaje. Y si no encaja, lo fuerza.
5. La conspiración es el idioma natural del odio
Como judío aprendí que el antisemitismo es la madre de muchas teorías conspirativas modernas. Los judíos controlan los bancos. Los judíos controlan Hollywood. Los judíos controlan los medios. Los judíos controlan el clima. Los judíos controlan el mundo. Los Protocolos de los Sabios de Sion, esa falsificación infame y venenosa, se convirtieron en una especie de evangelio del odio moderno.
Como sionista aprendí que Israel heredó buena parte de ese lenguaje. Israel estaría detrás de cada guerra, cada medida de Occidente, cada lobby, cada silencio, cada terremoto moral del mundo. Israel controlaría las Naciones Unidas, la prensa internacional, los gobiernos, las universidades, las finanzas y, si hiciera falta, también los astros.
Y como argentino escuché en estas semanas una versión deportiva de esa misma gramática: “Infantino le regaló el Mundial a la Argentina.” “Argentina compró los partidos.” “El cuadro estaba armado.” “La FIFA necesitaba que ganara Messi.” “Todo estaba decidido desde antes.”
La conspiración tiene una ventaja: explica todo sin exigir pensar demasiado. Y además consuela. Si el otro ganó, no ganó por mérito, talento, esfuerzo, carácter, suerte o grandeza. Ganó porque compró, manipuló, controló, arregló. La conspiración convierte la derrota propia en corrupción ajena. Y transforma la envidia en indignación moral.
6. La envidia no elaborada
La soberbia no es buena. La soberbia destruye. También los judíos, los israelíes y los argentinos tenemos algo que trabajar en ese punto.
A los judíos se nos acusó muchas veces de soberbios, especialmente por la idea mal entendida del “pueblo elegido”. A los israelíes se los acusa de arrogantes, desafiantes, demasiado seguros de sí mismos, llenos de jutzpá. A los argentinos, ni hablar. El mundo entero parece tener preparada la frase: “Ustedes se creen europeos”, “ustedes se creen superiores”, “ustedes se creen los mejores”.
Y quizás algo de todo eso debamos escuchar. No para aceptar la caricatura, sino para revisar qué parte de nuestra forma de afirmarnos puede volverse desprecio por el otro.
Pero también hay que decir algo incómodo: muchas veces, detrás del odio, hay una envidia no elaborada. Los judíos hemos tenido, en el último siglo y medio, una presencia desproporcionada en la ciencia, la cultura, la economía, la medicina, el pensamiento, las artes y la vida académica.
Israel construyó, en pocas décadas, un país vibrante, innovador, militarmente fuerte, culturalmente intenso, tecnológicamente admirable y políticamente milagroso, aun con todos sus errores y contradicciones.
Y los argentinos tenemos una pasión casi irracional por el fútbol, una liturgia propia, una forma de cantar, sufrir, discutir, llorar, exagerar y narrarnos a nosotros mismos alrededor de una pelota.
Nada de eso nos hace mejores que nadie. Pero sí nos da orgullo. Y un orgullo bien trabajado no debería necesitar humillar al otro. Puede cantar sin despreciar. Puede celebrar sin aplastar. Puede narrar su grandeza sin negar sus errores. Puede amar lo propio sin odiar lo ajeno. El problema es que quien odia no siempre tolera el orgullo del otro. Entonces lo llama soberbia. Y así evita preguntarse por su propia envidia.
7. Las redes sociales agrandan el monstruo
Las redes sociales no inventaron el odio. Pero lo aceleraron, lo multiplicaron y le dieron una plataforma desproporcionada. Antes, el odio necesitaba una imprenta, una tribuna, una radio, una organización, una calle. Hoy necesita un teléfono, un meme y dos segundos de impunidad.
Como judío y como sionista aprendí que las redes son peligrosas porque hacen creer que el odio es más grande, más unánime y más real de lo que muchas veces es. Claro que no hay que subestimarlo. El odio virtual puede convertirse en violencia real. Las palabras preparan caminos. Los memes también pueden deshumanizar. Pero una cosa es la red social y otra es la vida. Una cosa es el algoritmo y otra es la calle.
Como argentino, uno podía sentir en estos días que todo el mundo nos odiaba. Que salvo Bangladesh, Paraguay, Perú, Israel y algún que otro rincón inesperado del planeta, el resto de la humanidad se había puesto la camiseta del rival de Argentina. Pero no es tan así.
En la vida real hay más matices. Hay gente que nos quiere. Hay gente que nos admira. Hay gente que nos envidia. Hay gente a la que no le importamos en absoluto. Y eso también conviene recordarlo: ni como judíos, ni como israelíes, ni como argentinos somos siempre tan importantes como las redes nos hacen creer. El algoritmo convierte una obsesión ajena en clima mundial. Pero la vida es más grande que Twitter. Y gracias a Dios, más humana.
Una guía para los perplejos
Entonces, queridos argentinos perplejos: bienvenidos, aunque sea por un instante y en una escala infinitamente menor, a una experiencia que los judíos conocemos desde hace mucho.
La experiencia de ver cómo una identidad entera puede ser reducida a una caricatura.
La experiencia de escuchar que tus logros no son logros sino trampas.
La experiencia de ver cómo tus errores no son errores sino pruebas de tu esencia malvada.
La experiencia de descubrir que, para algunos, no importa lo que hagas: si ganás, robaste; si perdés, merecías perder; si te defendés, sos agresivo; si callás, confirmás la sospecha.
Pero esa experiencia no debería volvernos resentidos. Al contrario. Debería volvernos más lúcidos.
Ser judío me enseñó que el odio existe y que hay que nombrarlo. Ser sionista me enseñó que no todo discurso moral es necesariamente justo. Ser argentino me recordó que el orgullo también debe cuidarse para no convertirse en espejo del desprecio que denunciamos.
Porque ahí está el peligro. El odio no solo quiere destruirte. También quiere transformarte. Por eso vale la advertencia atribuida a Jorge Luis Borges, ese argentino genial que también supo mirar a Israel con admiración y poesía: «hay que tener cuidado al elegir a los enemigos, porque uno termina pareciéndose a ellos.» No nos parezcamos. No respondamos a la deshumanización con deshumanización. Usemos el humor para responder, eso tan argentino y tan judío, ese ingenio maravilloso, ese don divino de la ironía. No contestemos conspiraciones con conspiraciones. No devolvamos desprecio con desprecio. No confundamos orgullo con soberbia ni defensa propia con ceguera moral. Seamos humildes para reconocer nuestros errores. Seamos firmes para defender lo que somos. Seamos inteligentes para no caer en el idioma de quienes nos odian. Y sigamos cantando.




