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Parashat Balak – La soledad existencial del pueblo judío (5781-2021)

By junio 25, 2021No Comments

 

הֶן־עָם לְבָדָד יִשְׁכֹּן וּבַגּוֹיִם לֹא יִתְחַשָּׁב

He aquí un pueblo que habitará apartado, y no será contado entre las naciones. (Núm. 23:9)

 

Lo que para unos es una bendición para otros es una maldición. Lo que para algunos es un ideal para otros es una realidad. En nuestra Parashá encontramos el famoso relato del profeta gentil Bilam que fue contratado por Balak para maldecir al pueblo de Israel pero que en cambio lo terminó bendiciendo. Dentro de las multiples “bendiciones” que allí encontramos está la muy famosa: “Am Lebadad Ishkon uBegoim lo Itjashav – He aquí un pueblo que habitará apartado, y no será contado entre las naciones. (Núm. 23:9)” ¿Es de verdad una bendición o una maldición? ¿Es deseable ser un pueblo apartado de las demás naciones? ¿Es bueno? ¿Es malo? ¿Es lo que queremos?

 

Antes de responder a estas preguntas debemos indagar cuál es el significado de este versículo. ¿Qué significa “habitar apartado”? ¿Qué significa “no ser contado entre las naciones”? En un nivel contextual (Pshat para nuestra tradición exegética) al parecer esta bendición hacía referencia a que el pueblo de Israel podrá habitar en soledad y en seguridad la tierra de Canaán sin estar dominado por otras naciones: “Por eso Israel habita confiado, la fuente de Yaakov habita separada en una tierra de grano y mosto…” (Deut. 33:28). Esta es la lectura del profesor James Kugel pero también se sustenta en algunas fuentes tradicionales como el Baal HaTurim que en soledad va a habitar la tierra de los siete pueblos cananeos”. Por su parte tanto el Bejor Shor como Jizkuni afirman también que esta bendición se refiere a que el pueblo judío podrá habitar en seguridad su tierra prometida. 

 

Otra lectura de este versículo es quizás una interpretación basada en las circunstancias particulares de nuestro pueblo no en la época bíblica clásica sino desde el comienzo de la era rabínica y especialmente durante la edad media: la diáspora. En esta lectura varios exegetas (ver Ibn Ezra y HaEmek Davar) comprenderán que esta “bendición” del pueblo judío es que aún en la díaspora no “se mezclarán con otros pueblos y en consecuencia no alterarán su fe” (HaKtav veHaKabalá). La bendición entonces será que aún en la diáspora podrán, al mantenerse apartados y al margen de la sociedad en general, mantener su identidad propia. La separación y la soledad son la clave para evitar la asimilación, en esta lectura. 

 

Una tercera interpretación, la que podríamos denominar esencialista (y hasta chauvinista) es la que sostiene que el pueblo judío es un pueblo “aparatado” ya que en esencia es diferente (y mejor) que el resto de las naciones (ver HaEmek Davar). Rabienu Bejaié es quizás el máximo exponente de esta lectura al decir que el pueblo judío tiene carácteristicas únicas como la Torá, sus Mitzvot, la creencia en un D-s invisible y la no existencia de intermediarios: “De la misma forma que el D-s de Israel es unico entre todas las deidades de las naciones así también Su pueblo no forma parte integral del resto de las familias de las naciones”.

Una cuarta lectura es la que nos ofrece el Midrash (Tanjuma, Balak #22) que luego es popularizada por Rashí al decir: “Cuando ellos están contentos ningún pueblo está contento junto a ellos”. En esta interpretación el vivir apartados del resto de los pueblos no haría referencia necesariamente a una cuestión física ni de valores sino a nunca estar “en sintonía”. Cuando el pueblo de Israel esté contento nadie se alegrará con el pueblo de Israel y cuando el pueblo de Israel esté triste nadie compartirá aquella tristeza. No hay empatía de las naciones para con el pueblo de Israel, eso es vivir en soledad según esta interpretación. 

 

Hasta aquí hemos visto cuatro interpretaciones tradicionales: 1) Vivir con soberanía y sin injerencia extranjera en la tierra de Israel (algo que se dio en los tiempos del Reinado unificado y en nuestros días con el Estado de Israel. 2) No asimilarse en la diáspora al vivir marginado de la sociedad general (algo que se dio durante los últimos 2000 años de historia). 3) Un sentido de superioridad moral e intelectual (un discurso que algunos grupos judíos siguen insistiendo hasta nuestros días) 4) Una falta de empatía para con el pueblo de Israel en sus momentos de mayor apogeo y en sus momentos más oscuros (la actualidad del Estado de Israel y la Shoá quizás son los dos ejemplos más parádigmaticos). 

 

Sin embargo me gustaría compartir una quinta lectura e interpretación basada en los escritos del gran filosofo judío del siglo XX, el Rav Yosef Soloveitchik. En su libro Kol Dodi Dofek escribe el Rav: “La soledad historica del judío se filtra en un sentimiento de destino inexorable. El judío se encuentra en soledad durante la vida y en su muerte. El concepto de Kever Israel efantiza el anejamiento del judío del mundo. La separación judía del resto del mundo pertenece al marco del Pacto del Destino (Brit Hayeud) que se forjó en Egipto. En verdad, el judaísmo y la retirada del mundo son sinónimos. Incluso antes del exilio en Egipto, la separación descendió sobre nuestro mundo con la aparición del primer judío, nuestro padre Abraham. Abraham el hebreo (ivri) vivía separado: “El mundo entero estaba de un lado y él del otro lado” (Bereshit Rabbah 42: 8)… Incluso si un judío alcanza la cima del logro social y político, no será capaz de liberarse de las cadenas del aislamiento. El destino paradójico vela por el aislamiento y la singularidad del judío, a pesar de su aparente integración en su entorno no judío … Este fenómeno singular e inexplicable del individuo que se aferra a la comunidad y se siente alienado del mundo exterior fue forjado en Egipto. Allí, Israel fue elevado al estatus de nación en el sentido de una unidad de la que también surge la singularidad. La conciencia del Pacto del Destino en todas sus manifestaciones es una parte integral de nuestra esencia histórico-metafísica.” (Los pactos del Sinaí y de Egipto #3)

 

Para el Rav Soloveitchik la separación judía del mundo es una cuestión ontológica. Esta noción comenzó con Abraham, el primer patriarca, que era diferente al resto del mundo. Él era monoteista mientras todo el mundo era politeista. Este sentimiento luego se terminó de forjar en Egipto cuando el pueblo judío, bajo la amenaza de su primer exterminio, comprendio que tiene un pacto de destino entrelazado el uno con el otro. Ese sentimiento de unidad, de pueblo hermanado con un destino en común, lo hace diferente al resto de las naciones. Lo aparta aunque no quiera ser apartado. No importa cuanto quiera integrarse siempre el mundo le recordará que es judío. No importa cuanto quiera integrase siempre él mismo en algún momento recordará que es judío. 

 

Para el Rav Soloveitchivk existe una “soledad del hombre de fe” y una “soledad existencial del judío”. Sobre esta separación y soledad hablaba el profeta Bilam. No es ni una bendición ni una maldición, no es una situación ideal es tan solo una realidad existencial. Podríamos entonces afirmar: La soledad es nuestra condición existencial. La diferencia es nuestra identidad. El no encajar es quien somos. Firma: el pueblo judío”. 

 

Durante siglos fue el mundo quien nos “separó” (en Guetos y Juderías) pero cuando las puertas del mundo occidental se abrieron para nuestra completa integración fuimos nosotros quienes en (mayor o menor medida) nos aislamos de vuelta en nuestros refugios comunitarios. El judaísmo en alguna medida es la negación al universalismo. Queremos integrarnos, queremos ser parte de la sociedad general pero no queremos resignarnos nuestra particularidad judía. Y esa es nuestra condicion existencial de la soledad del judío. Como judíos no encajamos en los esquemas de occidente. Cuando occidente encaja todo en cuadrados llegamos los judíos siendo un circulo y sin poder entrar del todo en ninguno. Si nos categorizan como una religión les respondemos con que hay judíos ateos. Si nos categorizan como una etnia les respondemos con judíos de todos los colores. Si nos categorizan como una cultura les respondemos con todas las diferencias culturales, culinarias e idiomáticas que habitamos. 

 

Algunos ven las palabras de Bilam: “He aquí un pueblo que habitará apartado, y no será contado entre las naciones” como una bendición (estar separados del resto de las naciones es la que evita la asimilación y permite mantener nuestras costumbres), otros como una maldición (estar separado del resto de las naciones es la que evita la integración y aceptación provocando las persecuciones y la discriminación). Es entonces importante recordar lo que nos enseña el Talmud (b. Taanit 20a) que si bien todas las palabras de Bilam fueron pronunciadas como si fueran bendiciones en una lectura más meticulosa podríamos ver una maldición. La soledad puede ser nuestra mayor bendición pero también nuestra mayor maldición. O incluso más, dice el Talmud en otro pasaje: “Todas las bendiciones pronunciadas por Bilam terminaron en el futuro convirtiendose en maldiciones…” (b. Sanedrín 105b). Nuestra “separación” del resto de la sociedad pudo haber sido nuestra guarida y nuestro refugio por miles de años, nuestra bendición para preservar nuestra fe, sin embargo en un momento se convirtió quizás también en nuestra mayor maldición al no permitirnos integrarnos de forma completa a la sociedad occidental generando el rechazo de muchos. 

 

De seguro estar en soledad no es bueno. Ya lo dijo D-s al comienzo del Génesis (2:18). La soledad no es una categoría buscada, no es buena ni es una bendición. Sin embargo, para nuestro pueblo es una condición existencial. Hay una soledad constitutiva en el pueblo judío producto de su historia y sus caracteristicas particulares. Ni mejores ni peores que otras naciones, tan solo diferentes. Bilam no bendijo ni maldijo en esta instancia al pueblo judío sino que tan solo lo describió. Somos “un poco diferentes” y esto produce una extrañeza y también una soledad. La pregunta que nos debemos hacer entonces es ¿Cómo trabajamos esa soledad? No es bendición, no es maldición, es. La soledad del diferente nos constituye como judíos. Como decidimos habitar esa soledad es la que marcará si la misma se convertirá en nuestra bendición o maldición.

 

Shabat Shalom,

Rab. Uri

 

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