¿Dueños o inquilinos? ¿Residentes o extranjeros? ¿Qué somos? ¿Cómo nos relacionamos con la tierra bajo nuestros pies? Nuestra Parashá tiene un mensaje claro: “La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros son para conmigo.” (Lev. 23:25). En la literalidad esta Mitzvá impide que una parcela de la tierra de Israel sea vendida a perpetuidad, ya que en el año cincuenta (del Jubileo) todas las parcelas de la tierra prometida volverán a sus habitantes originales en la división que habría de hacer Ioshua tras conquistar la tierra.

El filósofo Bahya Ibn Pakuda (España, siglo XI) nos ofrece sin embargo una lectura aún más profunda de esta Mitzvá, una lectura que perdura en el tiempo y en el espacio más allá de las particularidades de este precepto. Él nos dice que este mandamiento tiene el objetivo de “hacernos sentir como extranjeros en este mundo”. (Jobot HaLevavot, Shaar Jeshvon HaNefesh #235). Esto, sugiere él, nos ayudará a trabajar ciertas cualidades internas como: la humildad y la arrogancia (sabiendo que no somos dueños absolutos de lo que creemos poseer), el deber de conocer las leyes del lugar donde transitoriamente vivimos, amar al extranjero (al ser nosotros también extranjeros aunque nos sintamos ciudadanos), estar satisfechos como nuevo inmigrante con el techo y la comida que consigamos y no pretender lujos, ser agradecidos con quienes nos hospedan…

De todas las enseñanzas profundas que podemos tomar de este mandamiento sin embargo hoy quisiera compartir una: “Estar preparado para el viaje y para seguir hacia delante, y no asentarse cómodamente en un lugar” (ad. Loc. 238). Esta Mitzvá entonces nos regala una forma de ver la vida y ver nuestro paso por el mundo: como extranjeros, o mejor dicho como viajeros, en una tierra extraña. Hoy estamos aquí pero mañana podemos estar allí. La historia del judaísmo es la historia de un viaje. Nuestra historia comienza con un patriarca (Abraham) errante, sigue con un pueblo vagando por el desierto 40 años y se prolonga en los últimos 2600 años en viajes, periplos, expulsiones, nuevos destinos y oportunidades…

Nuestro judaísmo nos enseña a estar siempre preparados para el viaje, para seguir adelante hacia nuevos horizontes; para estar siempre abiertos a las nuevas experiencias, a los nuevos desafíos. Y así concluye Ibn Pakuda su enseñanza: “Y por esta razón recibe sobre ti, mi hermano, la condición de ser un extranjero en este mundo, porque verdaderamente lo eres” (ad. Loc. 241).

Si nada es perpetuo. Si somos extranjeros en una tierra extraña entonces vivamos la vida como un viajante. Aprovechando al máximo cada hora y cada minuto de un viaje siempre corto. Inmortalizando momentos, saboreando las mejores comidas, recorriendo paisajes, absorbiendo y aprendiendo sobre las culturas locales, llevando siempre solo lo necesario en nuestras valijas para luego, cuando llegue el momento de partir, poder prontamente seguir viaje hasta la próxima parada en esta travesía que es la vida.

Shabat Shalom,

Rab. Uri – Judaica Norte

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