¿Por qué comemos Maror en Pesaj? “Por cuanto al comienzo es dulce pero al final deja un sabor amargo, así también en Egipto al comienzo la estadía fue placentera pero luego se volvió amarga” (j. Pesajim 2:5).  Es por está razón que los Sabios eligieron que fuera la lechuga la verdura por excelencia utilizada para representar la amargura de los años de la esclavitud durante el Seder de Pesaj. En primera instancia no sería la “verdura ideal” ya que hay verduras mucho más amargas (como el rábano-jrein, que luego se hará también popular). Sin embargo las lechugas son así, al primer contacto son dulces y placenteras pero luego muchas dejan un sabor amargo en la boca. 

 

De forma similar en nuestra Parashá Shemot se nos dice que los egipcios maltrataban duramente (Befarej) a sus esclavos israelitas con todo tipo de labor para la construcción de sus ciudades de almacenamiento. Y sin embargo Rabí Eleazar lee esta expresión (BeFarej) como si fueran dos palabras BePe Raj: “con boca suave” (b. Sotá 11b). En esta lectura la esclavitud no comienza (ni se manifiesta) con torturas físicas sino que por el contrario se consolida con “palabras suaves”. 

 

La lechuga dulce que deja un sabor amargo y el maltrato que no se consolida con el poder del látigo sino con la fuerza de las palabras cariñosas. Que profunda enseñanza al comienzo del libro que narra la historia de la esclavitud de nuestros antepasados. 

 

¿Cuántas veces en nuestras vidas “esclavitudes actuales” (dependencias, adicciones, situaciones imposibles) comenzaron plácidamente y con un sabor dulce y maravilloso? Así también ocurrió con nuestros antepasados. Llegaron a Egipto tiempo atrás como invitados reales del mismismo Faraón y sin embargo, sin darse cuenta, sin nunca pensarlo ni esperarlo, sus vidas terminaron en la amargura de la esclavitud. Al comer lechuga no solo debemos disfrutar el dulce sabor en el primer bocado sino ser también conscientes del sabor amargo que luego el mismo puede dejar. Al comienzo de todo lo nuevo que encaramos debemos evaluar no solo el presente (siempre excitante por su novedad) sino ser un poco profetas o estadistas y pensar también que será de esto en un futuro. ¿Seguirá siendo dulce? ¿Se volverá amargo? ¿Qué peligros encierra esta novedad recubierta de dulzura?

 

¿Y cuántas veces en la vida fuimos esclavos (o somos) de otros no por el poder de su látigo sino por la dulzura de sus palabras? Autores como Foucault o Bourdie afirman que si bien muchas veces entendemos el poder como la violencia exterior muchas veces el verdadero poder, el más estable (y también el más dañino) surge con palabras de otros, con hábitos, con normas, con miradas que van configurando una esclavitud “con apariencia de libertad”. Somos esclavos sin darnos cuenta. Creemos que elegimos libremente lo que hacemos pero en realidad fueron las dulces palabras de otros que nos fueron configurando nuestra realidad actual. Pensamos que la propia naturaleza o incluso el mismismo Dios configuró esta o aquella vida para nosotros. La esclavitud del latigo tiene siempre fecha de caducidad más la esclavitud de las palabras “que se hacen carne” en nuestras vidas pueden durar eternamente. 

 

El judaísmo es una invitación a ser siempre conscientes. A ampliar nuestra conciencia. A re-evaluar el placer actual en función de un potencial displacer futuro. A vernos siempre como esclavos en busca de mayores libertades. De eso se trata el Seder de Pesaj, con la lechuga y el BeJol Dor Vador, en no pensar que “fuimos esclavos” sino que “somos esclavos”; que de nosotros depende derribar las cadenas invisibles de la esclavitud.

 

Shabbat Shalom,

Rab. Uri – Judaica Norte

 

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