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Parashat Ree – La diversidad del pueblo judío

por agosto 30, 2016 Sin comentarios

 

Nuestra Parashá es una de las más numerosas en cuanto a mandamientos se refiere, 55 para ser más precisos. Dos de estos mandamientos tienen que ver con cómo enfrentamos el duelo: “Cuando estén de luto por la muerte de alguna persona, no se hagan heridas en el cuerpo ni se afeiten la cabeza”. (Deut. 14:1). Segun Tigay (The JPS Torah Commentary, p. 136) era una práctica popular en el mundo antiguo “exagerar” las señales de duelo. La Torá, como otras culturas del mundo antiguo (la griega y la romana para nombrar algunos ejemplos) intentaron en sus codigos legales prohibir estas expresiones desmesuradas por parte de los deudos. La Torá prohíbe explícitamente hacerse heridas (flagelarse) y raparse la cabeza como señales de dolor.

Los detalles y motivos de estos mandamientos lo dejamos para algún comentario futuro de la Parashá. Hoy quiero concentrarme en como la tradición rabínica comprendió el término hebreo de “Lo Titgodedu” (No se hagan heridas en su cuerpo). Desde la época tanaitica (Siglos I-II d.e.c) encontramos una hermosa exégesis, haciendo un juego de palabra, de aquel término. En Sifrei (Devarim, Ree 96) encontramos el siguiente comentario: “לא תתגודדו, לא תעשו אגודות – Lo Titgodedu no hagan Agudot (grupos/sectas)”. Por la similitud de las palabras Titgodedu y Agudot nuestros sabios le suman a la exégesis halájica (legal) una exégesis agádica (homilética), diciéndonos que el mandamiento es que no debemos dividirnos, que como pueblo judío debemos permanecer unidos y no subdividirnos en pequeños grupos o sectas.

Poco tiempo después vemos un extraño fenómeno, la exégesis homilética (totalmente alejada de la literalidad del texto biblico) influencia la practica legal judia. En la compilación Midrash Tanaim (a Deuteronomio 14:1) encontramos que los sabios, por este principio de Lo Titgodedu, prohíben que en una misma ciudad donde hay dos tribunales uno dictamine según la escuela de Hilel y otro según la escuela de Shamai. De proceder de esta forma, enseñan, se estarían formando Agudot Agudot, se fragmentaria la “unidad” de los judíos en aquella ciudad porque cada uno tendría diversas prácticas y leyes. Otro ejemplo de la aplicación halájica de esta exégesis agádica la encontramos en el Talmud (Ievamot 13b) en donde el principio de la Mishná el cual permite leer la Meguilá de Ester en diversos días según las necesidades y características de los poblados es cuestionada en base al principio de Lo Titgodedu, ya que segun comprenden los sabios celebrar Purim en diversos días y no en un único día fragmentaría la unidad “temporal” del pueblo.

Hasta aquí hemos visto que la división y la segmentación al interior del pueblo judío es juzgada como negativa. Lo Titgodedu vendría a ser el precepto el cual nos prohíbe fragmentarse en subgrupos como pueblo judío. Si esto es asi y verdaderamente lo que Dios y los sabios desean de nosotros es que seamos todos iguales como judios, uniformes en la práctica y en el pensamiento ¿Por que esto no ocurrió prácticamente nunca en nuestra historia? (Según el Midrash en el único momento que estuvimos unidos como pueblo, como un solo pueblo con un solo corazón, fue al recibir los Aseret HaDivrot) Nacimos de la pluralidad. Somos hijos de Israel, padre que tuvo 13 hijos todos diferentes los unos de los otros. Cada tribu era diferente y tenía sus propias particularidades. El reino “unificado” del rey David y Salomón duro pocos años, luego el reino se dividió en Judea e Israel. Para la época del segundo Templo ya encontramos varias sectas dentro del pueblo judío (los esenios, los fariseos, los saduceos, etc.). Al interior de los fariseos también encontramos diversos subgrupos, aquellos que seguían a Hilel y los que seguían a Shamai, los de la escuela de rabí Akiva y los de la escuela de rabí Ishmael. En la edad media surgen las diferencias entre los ashkenazim, sefaradim y los menos conocidos teimanim, italkim o mizrahim. Y asi podemos continuar.

Si somos hijos, nietos y descendientes de un judaísmo plural y diverso ¿Cómo podemos comprender el mandamiento de Lo Titgodedu? El Jafetz Jaim (1839-1933) quizás tenga la respuesta. Cierta vez le preguntaron por qué en su tiempos el judaísmo ashkenazí estaba tan dividido (especialmente entre jasidim y mitnagdim y todas sus subdivisiones). ¿No iba esto en contra del principio de Lo Titgodedu? Contestó con una parabola. Dijo que esto se asemejaba al ejército del Emperador de Rusia. Enseñó que tal como un ejército necesita de diversos grupos, infanteria, marina, caballería, etc., asi también es el pueblo judío, requiere de diversos grupos asignados a una tarea en particular.

Dejando de lado el vocabulario militar y trayendo las palabras del Jafetz Jaim a nuestros días quisiera proponer no solo que las subdivisiones dentro del pueblo judío no son una tragedia o algo que debemos evitar sino que pueden ser una fuente de bendición. En nuestros días cada corriente judía viene a cumplir una tarea sagrada y única. Quisiera proponer algunos ejemplos. El Sionismo nos condujo nuevamente a la tierra de Israel, el iluminismo nos permitió repensarnos como judaísmo en base a los saberes seculares, el reformismo nos invita a abrirnos a nuestra sociedad circundante, el movimiento conservador nos llama al desafío de unir la academia con la práctica judía tradicional, la ortodoxia nos recuerda el valor fundamental de las mitzvot, el jasidismo nos emociona con sus melodías y plegarias, el misticismo nos muestra una cara oculta de nuestra tradición. Todas estos grupos, sin excepción, enfatizan un principio y marginan otros.

Nuestro desafío en la actualidad como pueblo judío no es, como piden algunos, ser pos-denominacional, anular los subgrupos y las diferentes corrientes dentro de nuestro pueblo. Nuestro desafío es entendernos como un cuerpo, con cada órgano cumpliendo su función. Lo Titgodedu no es la prohibición de las diversas formas de comprender y vivir el judaísmo, es la prohibición de que esas diferencias nos lleven a la fragmentación y a la disolución como pueblo. El versiculo de Lo Titgodedu comienza diciendo: “ustedes son hijos de Dios”, quizas ahi se encuentre el secreto. El secreto es recordar que todos somos hijos de Dios y cada hijo es único e irremplazable y cumple un lugar particular en la familia pero al fin del dia todos se sientan (o deberían sentar) juntos en la mesa.

Como dijo el profeta Amos:”el que edifica en los cielos sus altos aposentos, y sobre la tierra ha establecido su grupo (agudá)” (9:6). Quiera Dios que podamos comprender que cada uno desde su lugar dentro del pueblo judío es parte de un mismo equipo, un equipo que busca traer santidad, amor, vida y justicia a este mundo.

¡Shabat Shalom!

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