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El extraño caso de la sinagoga de la calle Libertad 769

por abril 24, 2015 Sin comentarios

La CIRA (Congregación Israelita de la República Argentina) tiene un origen mítico. Se dice que bajo un frondoso árbol del centro porteño en 1861 una mañana de septiembre dos hombres se encontraban leyendo unos pequeños libros y murmurando oraciones de sus antepasados. Aquellos hombres no se conocían pero en un momento se reconocieron. Ambos eran inmigrantes judíos recitando las plegarias en soledad del día más sagrado del año, Iom Kipur. Ambos decidieron que el año próximo, para esas mismas fechas, conseguirían un Minian para rezar en comunidad. Es así que en los Iamim Noraím de 1862 se reunió el primer Minian de la historia Argentina. Tiempo después fundaron la CIRA, la primera congregación judía en nuestro querido país.

Desde aquella mítica fundación (de la cual no sabemos cuánto hay de mito y cuanto hay de realidad) la CIRA se convirtió en un emblema de la judería argentina. Fue esta congregación la que trajo a finales de 1958 al rabino que cambió la historia de la judería latinoamericana, a Marshall Meyer nos referimos, quien supiera renovar el espíritu de los jóvenes judíos mientras marchaba con las madres de plaza de mayo. Esta congregación que al día de hoy cuenta con dos Minianim, uno tradicional y uno “renovado”, cuenta también con una característica muy particular: sus tres líderes espirituales activan en política y son candidatos en tres partidos políticos diferentes.

Lo judío siempre estuvo ligado a la política. Quizás no haya que mezclar religión con Estado pero desde la óptica judía es imposible disociar la religiosidad de la sociedad. Los profetas bíblicos fueron quizás los primeros militantes judíos en la política estatal de las antiguas monarquías de Judea y de Israel.

Los judíos-argentinos siempre estuvieron ligados a la política. Desde Simon (Bombita) Radowitzky, hasta Alperovich jurando sobre el Tanaj, pasando por la acusación de los peronistas al retorno de la democracia sobre la supuesta “Sinagoga Radical” y la famosa OIA (Organización Israelita Argentina) más conocida como los “judíos peronistas” de los años cuarenta/cincuenta. No nos olvidemos del innombrable Corach, del sempiterno Jorge Altamira (José Saúl Wermus) y de los tan (in)populares en nuestros días como Timmerman o Kicillof.  Hay algo de su herencia cultural judía que ha llevado a cientos de nuestros correligionarios a activar en política, de una punta a la otra del espectro.

Entonces ¿Cuál es la novedad? Que sean rabinos los que ahora se vinculen en política partidaria. El rabino Marshall Meyer es quizás el máximo referente de la conjunción de la trayectoria espiritual judía y la lucha social, sin embargo él, fuerte activista social, nunca fue candidato por ningún partido. Y hoy en la sinagoga de la calle libertad tenemos a tres líderes espirituales activando y siendo candidatos de tres partidos políticos, de una punta a la otra (como no podía ser de otra manera, somos judíos) del espectro político.

A uno lo conocemos todos. El rabino Sergio Bergman irrumpió hace más de una década en la escena política nacional y hoy es Diputado Nacional por el PRO. El otro rabino de la comunidad es Damián Karo, candidato de la comuna 3 por el Movimiento del bien común de Gustavo Vera. El tercero es el seminarista/jazán Diego Elman que se presenta como candidato a Legislador por el Frente Renovador liderado por Sergio Massa.

Tres líderes espirituales, tres partidos políticos, una sinagoga. En tiempos donde la representación de lo judío en la Argentina se pone en jaque, en donde una organización filo-kirchnerista (los de Argentinos de Origen judío) critican a la AMIA-DAIA el derecho de abrogarse la representación de las opiniones de la comunidad judía en el país, este extraño caso de la sinagoga de la calle Libertad puede ayudarnos a reflexionar.

Ni la AMIA-DAIA ni los “Argentinos de origen judío” representan la voz ni la voluntad de los judíos argentinos. Cada judío-argentino tiene su propia voz, su propia concepción política, así como también su derecho como ciudadano de expresar aquella opinión como más le plazca. Hoy en día el discurso de la AMIA-DAIA no me representa pero tampoco lo hace el del “llamamiento a argentinos de origen judío”, sin embargo no busco ninguna organización que represente mi voz frente al Estado. Los judíos hace más de 200 años recibimos en Francia por primera vez en la historia el derecho a ser ciudadanos, a no necesitar intermediarnos para hacer escuchar nuestra voz frente al Estado y frente a la sociedad. No necesito ninguna organización judía que hable en nombre de los judíos en general ni en mi nombre en particular.

La situación actual de la CIRA quizás represente de manera ideal mi posición. Será imposible (por la divergencia de sus líderes y referentes) que la CIRA saqué en el futuro una declaración sobre tal o cual tema sobre la situación política-económica-social de nuestro país. Y así debe ser. Las organizaciones judías no deben sacar circulares ni declaraciones (que aparte leen un Minian de personas como mucho…) sobre que están a favor o en contra de una acción del gobierno. ¿Por qué? Porque al interior de cada una de esas instituciones existen miembros que tienen, tal como sus líderes, divergencias políticas y lo único que logran esas declaraciones es enajenar a la feligresía que sintiéndose parte de aquella comunidad/institución no se siente representada por los dichos de sus dirigentes. Las sinagogas debieran volver a ser lugar de encuentro, de dialogo, de Torá y de Mitzvot y no centros de arengas políticas partidarias (esto no quiere decir que como institución no deba involucrarse a través de diversos programas en el cambio social).

Nadie podrá decir “La CIRA dice…”, tal como nadie puede afirmar que “el Talmud dice…” ya que en una página un sabio puede decir una cosa y en otra página otro sabio puede decir exactamente lo contrario.  Es tiempo que los judíos entendamos que no debe haber una organización que nos represente y es tiempo que la sociedad argentina comprenda que la comunidad judía no es monolítica; que no existió, que no existe ni existirá una organización que represente la “voz” de la comunidad judía en la argentina. Ya que como cualquier grupo social, los judíos somos diversos y plurales, no somos una sinfonía armoniosa sino más bien una cacofonía disonante.

Una nota para terminar. No soy naive y no creo que sea casualidad que tres líderes de una misma institución hayan decidido activar en la política partidaria en un mismo tiempo. Tampoco creo que haya un plan maquiavélico detrás pero tampoco termino de comprender cabalmente por qué se da este extraño fenómeno. Por otro lado soy de los que cree que los rabinos deben (en un tiempo diré debemos) involucrarnos en política aunque disiento que la forma de hacerlo sea a través de los partidos políticos. Sin embargo celebro este extraño caso de la sinagoga de la calle Libertad que nos permite reflexionar sobre la relación de lo judío y la política.

Yo ya dije mucho de lo que pensaba. ¿Qué opinan ustedes?

Sin comentarios

  • Totalmente de acuerdo, no hay una sola asociación o lineamiento en el judaísmo que represente (ni aún regionalmente) a los judíos. Sin embargo, opino que quizás sea una “calle de dos vías”, pues si bien es positivo que cada judío tenga su propia voz -autonomía- en algún momento la unidad podría ser necesarilala.

  • shmuel arieh dice:

    muy de acuerdo, excelente análisis.

  • Veo que esta entrada ya tiene un par de meses pero bueno, me pareció interesante y quería escribir algo.
    Antes que nada, quiero decirte que leía tu otro blog (Majshabot) pero no me acuerdo de haber escrito nunca algún comentario. Quiero felicitarte porque los dos me parecen muy bueno.
    Ahora sí, al tema: no me parece mal que un rabino y/o un dirigente comunitario hagan política. Al contrario, lo aplaudo. Y tampoco me molesta que hagan política partidaria (obvio que ahí entra el criterio de cada uno y ahí ya podemos discutir si nos gusta un partido o el otro y porqué). Lo que sí me molesta es que hagan política partidaria a partir de su investidura como rabino, jazan o lo que sea. Cada uno puede tener las ideas políticas que quiera y hasta puede ser que esas ideas surjan naturalmente de su propia visión del judaísmo pero no me parece bien escudarse en un título (rabínico, de jazan, de more, de lo que sea) para militar. Nos guste o no, el rabino Bergman es “El Rabino” para muchos argentinos (ojo, hablo de él porque es el ejemplo más conocido, no quiero que suene como que le estoy pegando con un caño a él o criticándolo específicamente; la verdad es que no lo conozco como para juzgarlo) y eso termina por hacer que la gente identifique, erróneamente, a la totalidad de los judíos argentinos con él, ¿me explico?
    Y bueno, los zurdos de Amos y otras vertientes similares y sus críticas a DAIA y AMIA son tristes reflejos de lo que fue el Bund en su momento.Tampoco entiendo muy bien por qué una persona que se asume en primer lugar como argentina y solo después como judía podría tener algún interés en lo que pasa en DAIA o AMIA…Hablando (escribiendo?) más en serio, ya desde el vamos me parece que parten de un error conceptual básico: reducen todo a la política. Y así se pierden el bosque,se piensan que el judaísmo es solamente una condición política (si es que es eso, en la práctica lamentablemente para muchos no llegan ni a ese poquito).
    Para terminar, una pregunta para pinchar: qué hacemos los judíos haciendo política en Galut? No deberíamos hacerlo en Israel? Yo milité un tiempo en Argentina hasta que me di cuenta (con mucho dolor en ese momento) que tenía que elegir entre ser judío o ser argentino. Quizás lo pongo en términos medio extremos pero bueno, es lo que sentí y ahí decidí que no valía la pena, que el camino era Israel.
    Perdón por el choclazo.
    Un abrazo cibernético,

    Ezequiel

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