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Drashá Rosh Hashaná 5774

por septiembre 7, 2013 Sin comentarios

El Shofar, la voz del pueblo judío

Ante de la lectura de la Torá, los quisiera invitar a la lectura de otro fragmento consagrado de la infinita biblioteca de nuestro pueblo:

Le dijo Rabi Shimon al Rosh Ieshiva celestial: Desearía saber el secreto del eco. El hombre eleva su voz  en el campo o en cualquier otro lugar y su voz  regresa y yo no sé porqué. Le dijo: así lo estudiamos en la Ieshiva celestial y es un secreto preciado. Ven y presta atención: “Hay tres voces que no se pierden del mundo pero que tampoco se elevan al firmamento.  La voz de un hombre cuando su alma se va de este mundo, esa voz se desparrama y va por el aire de una punta del mundo hasta la otra. La voz de un animal en el momento que está dando a luz, aquella voz se desparrama y va por el aire de una punta a la otra del mundo. Y por último, la voz de la serpiente cuando cambia su piel, aquella voz se desparrama y va por el aire de una punta hacia la otra del mundo. Mira, gran Jasid, cuan grande e importante es aquella cosa. ¿Qué ocurre con aquellas voces? ¿Y en dónde entran y descansan aquellas voces? Estás son voces de dolor, van y se desparraman por el aire y van desde una punta del mundo hasta la otra. Van y se ocultan dentro de recovecos de las paredes y la tierra. Cuando un hombre eleva su voz despierta a aquellas voces, y una voz despierta otra voz. Cada voz con su tipo de voz. Y este es un secreto oculto.

 El Zohar, la base fundacional de la mística judía, nos regala este hermoso fragmento que acabo de leer. Al intentar responder a la pregunta “¿Qué es el eco?” nos introducen en uno de los conceptos centrales de Rosh Hashaná. En esta mañana quiero detenerme en un fragmento de la Torá que leeremos en unos minutos. Quizás un fragmento que pase desapercibido por la magnitud de la escena anterior. Todos recordamos la historia: Dios prueba a Abaraham y le ordena que sacrifique a su hijo. Cuando Abaraham levanta un cuchillo y se predispone a hacerlo un ángel aparece y le detiene la mano antes de que cometa semejante tragedia. En ese instante – y aquí me quiero detener- Abaraham alza sus ojos y ve un carnero atrapado por sus cuernos en un matorral; Abraham lo toma y ofrece a este animal como sacrificio en lugar de su hijo (Bereshit 22:13).

Según los sabios es por este versículo que leemos de la Torá tanto esté fragmento como el que leímos ayer durante Rosh Hashaná. El carnero queda atrapado en el matorral por su cuerno, es decir, por su Shofar.  Hoy, por unos minutos, quiero detenerme en este Shofar; y pensar al Shofar como un megáfono. El Shofar es el megáfono del pueblo judío. El Ramkol, el que eleva nuestras voces. Lo que Abraham ve no es un carnero atrapado en un matorral sino que escucha una nueva voz de Dios, una voz de Dios simbolizada en aquel cuerno de carnero que le dice: “no debes matar a tu hijo”.

El pueblo judío es el pueblo de la voz. O heredera, por lo menos, de aquel eco. Privados de armas, de ejércitos y de un Estado, el pueblo judío durante dos mil años se erigió como el pueblo de la voz. Aquella nación que eleva sus preces y sus reclamos al son del Shofar. Así lo enseñan nuestros maestros en el Talmud (Guittin 57b):

 הקול קול יעקב – אין לך תפלה שמועלת שאין בה מזרעו של יעקב; והידים ידי עשו – אין לך מלחמה שנוצחת שאין בה מזרעו של עשו

La voz es la voz de Iaakov. ¿Qué significa? Se pregunta el Talmud. Que no hay plegaria que sirva sino se encuentra en ella la simiente de Iaakov. Y las manos son las manos de Esav. No hay guerra que sea ganada sino se encuentra en ella la simiente de Esav.

             Tomando aquel famoso versículo del Génesis donde Itzjak ciego palpa a su hijo para darle la bendición de la primogenitura los sabios comprenden que allí radica una de las características centrales del pueblo judío. Iaakov, luego llamado Israel, es identificado por su voz. El elemento constitutivo judío es la voz; la voz del reclamo, la voz de la plegaria y la voz de la compasión. De forma antagónica, y atendiendo al contexto de la época, los rabinos del Talmud comprenden que el elemento constitutivo de Esav, por aquel entonces identificado con la violencia romana, era la espada. La guerra.

El pueblo judío se constituye así en el pueblo de la voz del Shofar. El pueblo de la voz de la conciencia de los profetas. El pueblo cuyo antepasado Abraham discute con su palabra contra Dios en defensa de las ciudades de Sodoma y Gomorra. El pueblo cuyo líder máximo, Moshé, reza por el pueblo judío para que la furia de Dios no los extermine. Aquel líder que comenzó su vida sin tener voz, siendo tartamudo, y terminó legando al mundo el testamento más conocido de la historia: Dvarim (las palabras).

Y también, como pueblo judío, somos responsables de elevar aquellas voces que el Zohar nos describía. El Zohar afirma que el eco que nosotros escuchamos a diario se origina en tres tipos de voces. En las voces y en los gritos que emiten las personas antes de partir de este mundo, las voces de la muerte. En las voces de la vida, en los gritos de dolor de una madre que preceden al momento más maravilloso: el nacimiento de una nueva vida. Y por último: las voces del cambio, cuando una serpiente cambia su piel; las voces de la transformación.

Estás tres voces constituyen la base para el eco. Sin embargo no son suficientes para poder oír aquella voz que vuelve y que nos envuelve. Se necesita de nosotros, de nuestra propia voz, elevada con la fuerza del Shofar para que esas voces puedan ser escuchadas. Aquellas voces representan en todos los casos voces de dolor, voces de crisis y voces de cambios.

 קול מתעורר אחר קול

 Una voz eleva otra voz,  nos dice el Zohar. El mandato de la tradición judía nos comanda a hacer escuchar nuestras propias voces para elevar las voces de quienes ya no tienen o están privados de su propia voz. Nuestras voces elevan y sacan de sus recovecos a aquellas voces de dolor, a aquellas voces oprimidas que no pueden hacerse oír. Al son del Shofar despertamos aquellas voces dormidas de nuestra historia y de nuestro presente. El eco que escuchamos se debe al efecto que causa nuestra voz cuando la elevamos en nombre de quienes ya perdieron su capacidad de hablar y de gritar. Cuando elevamos una voz por los necesitados, por los desposeídos, por las diversas minorías y por cada uno que perdió su capacidad de hacer oír su voz estamos trayendo la redención a este mundo. Estamos despertando las voces dormidas de nuestras sociedades.

Elevar nuestros reclamos y nuestras voces en cuanto algo afecta nuestras vidas no es otra cosa que un acto de supervivencia. Si cierta cuestión nos afecta personalmente es casi una cuestión natural comenzar a gritar y a elevar nuestras voces en reclamo por nuestros derechos. Si las mujeres no pueden votar, es natural que se manifiesten con pancartas y reclamos para obtener sus derechos. Si los pobres no tienen que comer, es natural que realicen manifestaciones en pos de sus derechos más básicos. El secreto del eco no radica en aquellas minorías, por cantidad o por condición, privada de sus derechos, sino más bien en todo el resto de la sociedad y en quienes no son afectados pero aún así salen a acompañar y a elevar la voz con y por aquellos que perdieron la capacidad de hablar.

No es un acto de demagogia o chauvinismo afirmar que la función del pueblo judío es la de ser el Shofar de la historia, por el contrario, es un compromiso y una responsabilidad. El Shofar de las minorías y de los perseguidos. El Shofar que permite escuchar nuevamente el eco de su voz; y que el eco se transforme en  una voz clara y audible. Está era la función de los profetas de Israel. Los profetas elevaban su voz exigiendo justicia y piedad cual toque de Shofar. Así lo afirma Avudraham en su comentario al Majzor, al afirmar que uno de los motivos por los cuales escuchamos el Shofar en Rosh Hashaná se debe a que debemos recordar las palabras de los profetas que se asemejan al toque del Shofar. להזכירנו דברי הנביאים שנמשלו כתקיעת שופר

Debemos volver a escuchar las voces de los profetas para poder oír nuestra propia voz interior y así elevar las voces de los sin-voz. Así lo afirma el profeta Ieshaiahu en la Haftará que leeremos en Iom Kipur (58:1): Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como Shofar, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob su transgresión. Es el legado sempiterno de los profetas: debemos elevar nuestra voz para hacer escuchar a quienes ya no tienen voz. Abraham Ioshua Heschel, el maestro de maestros, es el nombre que lleva nuestra sinagoga. Aquí, donde hoy estamos reunidos, prontos a escuchar el sonido de Shofar lleva el nombre de uno de los profetas de nuestros tiempos. Aquel hombre que luchó y le dio una voz a quienes no la tenían: a la población afroamericana en los Estados Unidos. El no era negro, el no vivía afectado por las prohibiciones y las humillaciones que está minoría sufría en los Estados Unidos, sin embargo recordando el legado de los profetas, elevó su voz para que sea escuchada por las calles de Alabama.

Antes de finalizar quiero detenerme en la última línea de aquel maravilloso y conmovedor fragmento del Zohar. Allí dice que cada voz despierta a otra voz; y a continuación lo sella diciendo: “cada voz con su tipo de voz – Min Ajar Mino” ¿Qué significa cada voz con su tipo de voz? Al leer este texto por primera vez mi mente directamente se fugó a un pasaje talmúdico que siempre me impactó. En el tratado de Sanedrín (38a) Rabi Meir afirma que los seres humanos nos diferenciamos los unos a los otros en tres aspectos: en nuestra imagen, en nuestras ideas y en nuestras voces. Bekol, VeMare, Uvedeot. Cada uno de nosotros posee una voz única. Cada una de nuestras voces es la clave para abrir y para despertar a una voz silenciada. Cada uno de nosotros es único e irrepetible, así también son nuestras voces. Quien se abstiene de elevar su voz está aprisionando a una voz que jamás podrá ser escuchada. Si cada uno de nosotros es único, si cada una de nuestras voces es única, cada uno tiene la capacidad divina de despertar una voz dormida, cada voz con su tipo de voz remarca el Zohar.

Abraham escuchó aquella voz como leeremos en unos instantes en la Torá. Escuchó la voz de aquellos niños y niñas que eran ofrendados a diversos dioses en la antigüedad. Comprendió así que él debía elevar su voz, y tomar aquel cuerno atrapado en los matorrales, y convertirlo en un Shofar. En un megáfono que eleve y magnifique la voz de los más necesitados. Los invito en este Rosh Hashaná, cuando escuchemos en un rato nuevamente el sonido estridente del Shofar a pensar en cuales son aquellas voces que como judíos y como seres humanos nos comprometemos a elevar en nombre de aquellos que perdieron su voz.

עָלָה אֱלהִים בִּתְרוּעָה ה’ בְּקול שׁופָר – Que ascienda a los Cielos nuestra voz con el estruendo del Shofar.

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