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Drashá Rosh Hashaná 5774 (II)

por septiembre 7, 2013 Sin comentarios

El odio

Esta primera mañana de Rosh Hashaná quiero invitarlos a hablar de un tema que no suele ser el tópico de esta festividad, sino más bien, de Tisha Veab. Todos estamos familiarizados con aquel famoso adagio talmúdico (Ioma 9b) que nos dice que por Sinat Jinam –  por odio injustificado fue destruido Jerusalem. Hoy quiero que hablemos de la siná, el odio.

Hoy nos toca leer de la Torá el nacimiento de nuestro patriarca Itzjak. En cada oportunidad que me toca leer esta conocida historia siempre trato de detenerme en algún detalle que obvié en alguna lectura pasada. Este año, acercándome a Rosh Hashaná, puse mi atención en la historia de dos hermanos que en el texto nunca se hablaron pero que cualquiera que lo lee intuye que se odiaron. Estoy hablando de Itzjak y de Ishmael. Recompongamos la historia que nos toca leer desde las biografías personales de estos dos hermanos; y como nos enseña Walter Benjamin, leamos la historia a contrapelo. Contemos la historia desde el Otro con mayúsculas. Desde Ishmael.

Dejemos volar la imaginación. Ishmael es un niño feliz que vive junto a su madre Hagar y su padre Abaraham en alguna antigua vivienda perdida en el desierto del Negev, el sur de Cnaan. Es un niño adorado por su padre, por ser su primogénito, y cuidado por su madre. Pasa los días de su juventud pastando junto a su padre y ayudando a su madre en los quehaceres domésticos. Todo es un sueño hasta que cumple 13 años. De repente, la otra mujer de su padre, Sará tiene un hijo. Comienza la discordia. Sará tiene celos de que Ishmael, el hijo de la “Otra”, ocupe toda la atención de su amado Abaraham. Cual arpía de película hollywoodense, imaginemos quizás a la madrastra de cenicienta, le exige a su marido Abraham que eché a Hagar y a su hijo Ishmael del hogar. Ishmael seguramente angustiado, sufre y llora pero no se imagina que Abraham, su amado padre, lo echaría del hogar. Se equivoca. Dios obliga a Abraham a escuchar la voz de su mujer. En pocas horas Ishmael y su madre Hagar son despojadas de todo su mundo conocido y entregados al desierto a la buena de Dios. Su padre Abraham cierra la puerta de hasta entonces su hogar mientras sostiene al sonriente niño recién nacido, a Itzjak.

¿Qué le está pasando por la cabeza a Ishmael en ese momento? ¿Qué puede uno sentir tras tanta desolación y abandono? Si me permiten, psicólogos de por medio, odio es el sentimiento que aflora en situaciones como las que a Ishmael le tocó vivir. Celos y odio contra su pequeño hermanastro Itzjak, por su culpa él tuvo que abandonar toda su vida para deambular por el desierto.

Un padre que abandona a su hijo. Una madre que obliga a otra madre y a su hijo a abandonar un hogar. Estos son nuestros patriarcas y matriarcas. Humanos, demasiado humanos.

En todo el texto bíblico Itzjak e Ishmael nunca hablan. El uno es el consentido del padre, el cual recibe toda la herencia de Abraham (Bereshit 25:5). El otro es un vagabundo, despreciado por su padre, que funda una nación en oriente. Estos hermanos separados a temprana edad vuelven a unirse una vez más. ¿En qué momento? ¿Alguien sabe? En el entierro de su padre Abraham. Abraham vivió 175 años (Ibíd. 25:8-9); la Torá nos relata que murió en una buena vejez  (Beseiba Tova), anciano y lleno de años. Itzjak e Ishmael, hermanastros que nunca llegaron a ser hermanos por el odio que uno sintió hacia el otro, sepultaron juntos a su padre Abraham en la cueva de Majpelá.

¿Cómo pudo Ishmael superar tanto odio? ¿Cómo pudo Ishmael al fin de los días de su padre ir a su entierro y honrarlo? ¿Cómo pudo compartir ese momento con su hermano, que por los vagos recuerdos de su niñez, provocó tanto dolor en su vida? ¿Cómo pudo el amor vencer al odio? Los sabios tradicionales judíos, quizás sin darse cuenta sin que sea está su intención, nos dan una respuesta. Rashí, acérrimo defensor de la cultura y los héroes judíos, dirá que de este encuentro entre Itzjak e Ishmael para enterrar a su padre se deduce que Ishmael hizo Teshuvá, hizo lo que todos debemos hacer en estos Iamim Noraim, se corrigió ¿De qué según Rashi Ishmael debió arrepentirse? De haberse burlado en su juventud de su hermano Itzjak.

Como buen judío acepto y estudio las palabras de la tradición, sin embargo, como buen joven las confronto. Ishmael hace una Teshuva, mas no la que Rashí tiene en mente. Ishmael ya no recuerda, como casi ningún adulto lo hace, de las bromas que le jugó a sus hermanos decenas de años atrás. Sin embargo Ishmael sí hace una Teshuvá sincera. Durante toda su vida logra hacer algo que muy pocos podemos: convertir el odio en amor. Quizás está es la Teshuva más complicada y más desafiante de estos Iamim Noraim ¿Cómo imitamos a Ishmael y transformamos nuestro odio en amor?

Rabeinu Bejaie, otro conocido comentarista español de la Torá del siglo XIV, también afirma que Ishmael hizo Teshuva y que por eso está allí predispuesto a enterrar a su padre. Sin embargo nos revela algunos detalles que Rashí omite. La Torá dice: “Y lo sepultaron Itzjak e Ishmael”, debería haber dicho, sin embargo, por ser Ishmael el primogénito  “Y lo sepultaron Ishmael e Itzjak”. Esto demuestra, según nos dice Rabeinu Bejaie, la grandeza y la humildad de Ishmael que antepuso primero a su hermanastro menor sobre su honor de primogénito.

Hay otra historia de la Torá (Bereshit 35:29) que tiene el mismo desenlace pero con una diferencia: “Y lo sepultaron a él [a Itzjak] Esav y Yaakov”. Otros dos hermanos que se odiaban por las preferencias y por los errores de sus padres. En esta historia la Torá pone primero el nombre de Esav y luego el de Yaakov. ¿Para qué? Para marcarnos que Esav no hizo una Teshuva sincera como la que hizo Ishmael. Desde mi óptica la Teshuva que logra hacer Ishmael es haber convertido el odio en amor, mientras que Esav no logra amar sinceramente a su hermano Iaakov, más allá de los gestos externos, en su interior su memoria lo sigue carcomiendo y continúa recordando los engaños de su hermano.

Los rabinos en Avot deRabi Natan (cápitulo 23) nos dicen: ¿Quién el más valeroso entre los valerosos? La respuesta clásica que también la aporta Pirkei Avot es: quien doblega a su impulso. Quien puede controlarse a sí mismo, quien puede dominar su propio impulso es considerado como un Gibor, un hombre valeroso. Sin embargo otra respuesta menos conocida se atisba al final de este pasaje. A la pregunta ¿Quién es el más valeroso entre los valerosos? Los rabinos contestan: Quien hace de su enemigo un amado (Mi sheose Sonóh Ahubó). Esta es la verdadera Teshuvá que debemos alcanzar en estos días de Iamim Noraim. Debemos tener la capacidad de transformar el odio en amor.

Seamos realistas: convertir el odio en amor es un gran desafío, quizás demasiado elevado. Evitar, sin embargo, que el odio nos aprisione en un pasado del cual no podemos escapar quizás sí sea la Teshuva que podamos hacer nosotros en nuestros Iamim Noraim. Existirán las situaciones que nos permitan transformar a los odiados en nuevos amores pero en otras instancias, para avanzar, debemos superar los odios que nos anclan a un pasado que ya casi no podemos recordar pero que aún así no nos deja avanzar.

¿Cómo poder superar el odio después de tanto dolor? ¿Cómo poder pensar y planificar un futuro cuando el odio nos entierra en nuestro pasado? Ian Assmann, un reconocido egiptólogo contemporáneo, señala que una vez el gran escritor israelí Amos Oz dijo: “Si pudiera decir algo en las negociaciones de paz [entre palestinos e israelíes] le indicaría al técnico de sonido que apague los micrófonos apenas alguna de las partes empiece a hablar del pasado”. Mirar siempre al pasado, recordar los horrores, los dolores, las peleas, las discusiones, los insultos no nos permiten avanzar. Si saltamos del plano individual al plano colectivo los diversos conflictos sostenidos en el tiempo como el de los palestinos e israelíes, los católicos y los protestantes en Irlanda del norte, los rusos y los chechenos, etc.; derivan su irreconciliable fuerza emocional de la forma en que el pasado está inscripto en la memoria cultural de aquellos pueblos. Cada pueblo sufrió y sigue sufriendo; cada parte del conflicto tiene su propia narrativa de lo sucedido. Sin embargo todos guardan en su interior odio. El odio cimentado por generaciones de muertos y de violencia. Quizás, la verdadera Teshuva, no sea enterrar nuestro pasado sino permitirle un lugar al futuro.

Para avanzar debemos apagar los micrófonos del pasado, tanto a nivel social como a nivel personal. Debemos abandonar los micrófonos para tomar los shofarot que den paso al futuro; tocar el Shofar que nos remita a un futuro diferente, a un futuro mejor.

En un famoso adagio talmúdico (Berajot 25b) se nos afirma que la Torá no les fue entregada a los ángeles. Los ángeles son seres perfectos que no se beneficiarían con la Torá, sin embargo nosotros somos seres perfectibles que debemos abrevar de la Torá para mejorarnos. No es fácil, no es sencillo pero es nuestro deber.  Apartar nuestros odios para darle lugar al amor es nuestro desafío. Volver a encontrarnos este año con nuestros familiares de los cuales nos hemos distanciado por odios infundados, ya que como afirma el Pele Ioetz, todos los motivos para el odio son vanos; reencontrarnos con nuestros amigos que tonteras políticas o ideológicas nos han distanciado; esa debe parte de nuestra Teshuva.

El precepto se encuentra en el centro de la Torá; si abrimos la Torá de una punta a la otra justo en el medio encontraremos el mandamiento que nos dice: “No odiarás a tu hermano en tu corazón – Lo Tisna et ajija belibabeja” (Vaikra 19:17). No odiar es el onceavo mandamiento. La Torá no posee palabras superfluas. Por lo tanto podría haber dicho “no odiarás a tu hermano” y punto. Sin embargo agrega: “en tu corazón”. No debemos odiar en nuestros corazones. El Talmud (Arajin 16b) nos dice al respecto: “[Uno podría haber pensado que uno no debía] pegarle, abofetearlo o maldecirlo. Por ese motivo [nos enseña la Torá]: “en tu corazón”, las escrituras hablan [incluso] del odio en el corazón.” Las expresiones externas del odio, los golpes, la violencia, los insultos son sencillas de modificar. Si ya no nos encontramos con aquella persona que odiamos no le pegamos, si ya no le hablamos no lo insultamos. Lo más difícil de erradicar es el odio del corazón; el odio que cada uno de nosotros conoce de forma persona.

Esav intentó de forma sincera perdonar a su hermano Iaakov, abrazarlo, besarlo. En apariencia pudo convertir el odio en amor pero está era solo la fachada. En lo profundo de su corazón no logró erradicar el odio. Ishmael, con silencio y decenas de años de destierro, pudo hacer la verdadera Teshuvá. Pudo perdonar a su padre Abraham y a su hermano Itzják y es allí dónde radica su valentía. Como Daniel Boyarin nos presenta en su libro Carnal Israel, para la mentalidad rabínica la valentía reposa no en la violencia y el poder viril, sino en el perdón y en la compasión femenina. Entonces podemos preguntarnos ¿Quién hace Teshuva? Quien puede transformar el odio en amor.

יהי רצון מלפניך ה’ אלהי ואלהי אבותי שלא תעלה שנאתינו על לב אדם ולא שנאת אדם תעלה על לבינו

Sea Tu voluntad Adonai, mi Dios y Dios de mis padres, que no ascienda nuestro odio al corazón del hombre y que el odio del hombre no ascienda nuestros corazones.  (Talmud Yerushalmi, Berajot 4:7)

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