Abraham Avinu, nuestro patriarca Abraham, no solo representa el modelo de “fe” por excelencia sino también a lo largo de los siglos se ha convertido también en el modelo “ideal” de ciudadano: el siervo obediente y sumiso. A lo largo de los siglos se ha creado la imagen que el “hombre de fe ideal”, al igual que el “ciudadano ejemplar” debe ser como aquel Abraham de la Akeidá, aquel Abraham que ante el llamado divino de sacrificar a su hijo no lo duda ni un instante y con “fe ciega” y sumisión absoluta está dispuesto a sacrificar a su hijo en el altar. En esta lectura el hombre, o la mujer, religiosa no debe dudar sino obedecer, no debe cuestionar sino cumplir, debe anular su juicio moral personal por la ley heterónoma que lo comanda. Así dicen que debe ser el paladín de la fe y el ciudadano ejemplar: dócil, servicial y cumplidor. Dios manda y el fiel cumple. El Estado ordena y el ciudadano ejecuta. 

 

¿Y si existe otra lectura posible? ¿Y si hay otro modelo posible? ¿Y si la Torá tenía otro mensaje para los millones de creyentes y ciudadanos en el mundo? Esto es lo que me gustaría sugerir hoy: confrontar la lectura de la Akeidá con el episodio de Sodoma y también releer con nuevos ojos la propia lectura de la Akeidá. 

 

El Abraham de Sodoma vs. el Abraham de la Akeidá

 

Parashat Vaierá contiene quizás los dos paradigmas más contradictorios en relación a la fe y el cuestionamiento a Dios. Y en ambos es Abraham el protagonista. En Génesis 19 se nos relata el episodio de Sodoma y Gomorra. Dios decide no ocultarle su plan a Su elegido Abraham y le revela que por la maldad de sus habitantes destruirá aquellas ciudades. Abraham decide no quedarse callado sino que desafía a Dios. “Vaigash Abraham – y se acercó Abraham” nos dice la Torá y Rashí comenta: “se acercó para la guerra, para apaciguarlo y para rezar” (Gen. 18:23). Abraham no toma una posición sumisa y de obediencia al escuchar de que Dios arrasará con ciudades completas matando a justos e inocentes junto a malvados y culpables; por el contrario decide actuar y toma la iniciativa. Va al frente y con “palabras duras”, según Rashí, desafía la autoridad divina. Según la Guemará Abraham le dice a Hashem: “es profano (Julin) para ti matar al justo junto al malvado” (b. Avodá Zará 4a). Abraham se atreve a decirle a Hashem que Él mismo, el Creador de toda existencia, se volverá profano y vacío (otra de las acepciones del término, ver. Ibn Ezrá a Gen. 18:23) si actuaba de esta forma. Dios pierde su esencia divina cuando su ira lo vuelve preso del deseo de una destrucción total sin poder discernir. Abraham le está diciendo que si actúa de esta forma Dios dejará de ser Dios. Lo sagrado (kadosh) se volverá profano (jol). Y concluye su primer alegato diciendo:El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo? (Gen. 18:25). Aquí Abraham le recuerda a Dios Su esencia: “ser justo y ecuánime”

 

El Abraham de Sodoma y Gomorra nos muestra otro modelo de “paladín de la fe”. Un fiel, humilde pero valiente, que cuando ve a su Dios, su “líder”, cometer algo que en su propio criterio de justicia está equivocado no se queda callado sino que alza su voz y con coraje pero con respeto desafía a Dios. Y una y otra vez, nos narra el relato, vuelve a reclamarle a Dios que baje las expectativas y llega a negociar que si tan solo hay diez justos en todas esas ciudades Dios perdonaría a los culpables por aquellos inocentes. Este también es Abraham. Un Abraham muchas veces olvidado por el Abraham de la Akeidá. ¿Cómo puede ser? Se preguntaron los sabios por generaciones que el mismo Abraham que reclama con firmeza e insistencia por salvar la vida de personas que no conocía actúa sumisamente un par de capitulos/años después cuando el mismo Dios le pide que mate a su propio hijo. Aquí lo analizamos. 

 

Una relectura de la Akeidá 

 

¿Y si Abraham no cambió? ¿Y si verdaderamente Abraham también “se rebeló” contra el llamado de Dios de sacrificar a su hijo? O bien ¿si verdaderamente Abraham obedeció a Dios y superó la prueba pero esa prueba no era sacrificar a su hijo sino rebelarse contra la voz divina que le sugería cometer aquel asesinato? ¿Y si la desobediencia era la prueba? ¿Y si fue todo un sueño? Esta es la teoría de Micah Goodman: “De acuerdo a Maimónides, la historia nunca sucedió realmente sino que todo fue una visión profética que ocurrió en la mente de Abraham” (Micah Goodman, Maimonides and the book that changed Judaism, p. 32). Según el Rambam muchos relatos bíblicos nunca “existieron” sino que fueron sueños/visiones que diversos personajes tuvieron para transmitirles una enseñanza. Algunos académicos como Abraham Nouriel sugieren que Maimonides también incluiría dentro de los relatos que no sucedieron en la vida real sino en la imaginación profética la atadura de Itzjak (Mishalim v´lo Nitparesh shehem mishal bemoreh Hanevukhim, Daat 25 (1990), pg. 85-91). Dios estaba probando a Abraham pero no en la vida real (ya que Dios nunca le pediría realmente a un padre que sacrifique a su hijo) sino que tan solo era un desafío intelectual y espiritual para ver como Abraham, su elegido, reaccionaría. 

 

Usualmente contrastamos el Abraham de la Akeidá con el Abraham de Sodoma, el sumiso con el desafiante. Sin embargo, observa Omri Boehm, en un apasionante libro (The Binding of Isaac: A Religious Model of Disobedience) que (casi) siempre hemos leído la historia de una forma incorrecta. Que el verdadero mensaje de la historia es que efectivamente Abraham superó la prueba (“Dios probó a Abraham” Gen. 22:1) pero la prueba no era sacrificar a su hijo sino basado en los propios atributos divinos dados a la humanidad de justicia y piedad oponerse y rebelarse frente a este pedido. Basado en la crítica bíblica y mostrando interpolaciones tardías al relato original de Génesis 22, y nuevamente con sugerencias de Maimonides e Ibn Caspi, sugiere que Abraham si bien en un momento se dispuso a cumplir la voz divina exterior luego reflexiona y pudo escuchar la voz divina interior y se abstuvo de hacerlo. Y por eso Dios lo premió. No por obedecerlo sino por desobedecerlo. O mejor dicho por obedecer un mandato mayor a esa voz de comando, por obedecer a su voz de la conciencia divina y moral universal; por comprender realmente que un Dios nunca podría pedir que un padre sacrifique en el altar a su hijo. 

 

¿Y entonces el ángel? Ese ángel según una lectura es una interpolación tardía mientras que otros autores comprenden que el ángel es su propia conciencia. Como en los dibujitos animados todos tenemos en nuestra mente un “ángel malo y otro bueno” que se debaten en nuestro interior sobre cómo obrar y al final Abraham le hace caso al “ángel bueno” y desata a su propio hijo. 

 

Conclusión

 

Si estas lecturas son correctas Parashat Vaierá no nos ofrece dos modelos contradictorios del hombre de fe y del ciudadano ideal sino un mismo modelo, opuesto a la lectura tradicional. Dios dos veces puso a prueba a su elegido Abraham en nuestra Parashá y en ambas superó la prueba. En ambas oportunidades Abraham cumple el deber de desobedecer. Y si esto es así surge de Abraham y de nuestra Parashá un nuevo modelo de cómo debemos actuar cada uno de nosotros como religiosos y ciudadanos. Un nuevo paradigma. El paradigma de Abraham. Como hombres y mujeres de fe frente a las tragedias o las desgracias no nos debemos quedar callados y aceptar sumisamente el “plan divino” sino que debemos alzar nuestra voz, llorar y reclamar. Entrar en diálogo con Dios como lo hizo el Abraham de Sodoma con humildad pero con coraje. Al escuchar argumentos sobre “sé que es injusto o puede parecer incorrecto pero está es la voluntad de Dios” el verdadero creyente debe seguir los pasos de Abraham y reexaminar su tradición en busca de la voz más profunda de Dios y no solamente esa voz exterior, comprender más profundamente su mandato ético para poder releer y reinterpretar algunos pasajes o leyes que son una afrenta a nuestra moral. Como ciudadanos también debemos oponernos pacíficamente, con humildad pero con persistencia y altura, cuando desde el Estado surgen leyes infames, injustas y carentes de sentido. 

 

Como seres humanos, frente a Dios y frente al Estado, tenemos un deber de obedecer pero a su vez un deber de desobedecer. Esta es una de las enseñanzas más profundas y radicales de Abraham en nuestra Parashá. Y para concluir quisiera compartir un breve relato de Abraham j. Heschel (I asked for wonder). Cuenta que cuando él era joven un día estaba repasando el relato de la Akeidá junto a su maestro y en un momento se puso a llorar. Su maestro le preguntó por qué llora si sabe que al final Abraham no mata a su hijo. El joven Heschel contesta: “¿Y si el ángel hubiera llegado tarde?”. Su maestro lo consuela diciendo: “los ángeles nunca llegan tarde, los hombres sí”. 

 

Religiosos y ciudadanos sumisos a lo largo de los tiempos que no cuestionaban los mandatos de sus superiores han cometido las mayores atrocidades de la historia obedeciendo ciegamente leyes y mandatos contra toda moral. No lleguemos tarde esta vez. Escuchemos a nuestro ángel interior, a la voz divina que clama por justicia, rectitud, compasión y amor y entonces comprendemos que ciertas veces por Dios, y en nombre de Dios, tenemos incluso que desobedecer Su voz.  

 

Shabat Shalom,

Rab. Uri

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