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La Tzedaká, la mejor forma de atesorar nuestra fortuna – Talmud, Baba Batra 11a

por febrero 3, 2016 Sin comentarios

ת”ר: מעשה במונבז המלך שבזבז אוצרותיו ואוצרות אבותיו בשני בצורת, וחברו עליו אחיו ובית אביו ואמרו לו: אבותיך גנזו והוסיפו על של אבותם, ואתה מבזבזם! אמר להם: אבותי גנזו למטה, ואני גנזתי למעלה, שנאמר: +תהלים פ”ה+ אמת מארץ תצמח וצדק משמים נשקף; אבותי גנזו במקום שהיד שולטת בו, ואני גנזתי במקום שאין היד שולטת בו, שנאמר: +תהלים פ”ט+ צדק ומשפט מכון כסאך; אבותי גנזו דבר שאין עושה פירות, ואני גנזתי דבר שעושה פירות, שנאמר: +ישעיהו ג’+ אמרו צדיק כי טוב כי פרי מעלליהם יאכלו; אבותי גנזו [אוצרות] ממון ואני גנזתי אוצרות נפשות, שנאמר: +משלי י”א+ פרי צדיק עץ חיים ולוקח נפשות חכם; אבותי גנזו לאחרים, ואני גנזתי לעצמי, שנאמר: +דברים כ”ד+ ולך תהיה צדקה; אבותי גנזו לעולם הזה, ואני גנזתי לעולם הבא, שנאמר: +ישעיהו נ”ח+ והלך לפניך צדקך כבוד ה’ יאספך.

Sucedió cierta vez que el rey Munbaz repartió [a los necesitados] todas sus riquezas y las riquezas de sus padres en los años de sequía. Se congregaron sus hermanos y los parientes de su padre y le dijeron a él: ¡tu padre atesoró y aumentó aún más la riqueza de sus padres y tú la estás desperdiciando!

Munbaz les contestó: mis padres lo atesoraron abajo y yo la atesoro arriba; como está dicho: “La verdad brotará de la tierra, Y la justicia mirará desde los cielos. (Salmos 85:12)”

Mis padres lo atesoraron en un lugar donde la mano tiene control y yo lo atesoro en un lugar donde la mano no tiene control; como está dicho: “Justicia y juicio son el cimiento de tu trono (Salmos 89:14)

Mis padres atesoraron algo que no da frutos mientras que yo he atesorado algo que da sus frutos; como está dicho: “Decid al justo que le irá bien, porque comerá de los frutos de sus manos. (Isaías 3:10)

Mis padres atesoraron dinero y yo he atesorado almas; como está dicho: “El fruto del justo es árbol de vida; Y el que gana almas es sabio.” (Proverbios 11:30).

Mis padres lo atesoraron para otros mientras que yo he atesorado para mí; como está dicho: “y para tí será justicia…” (Deuteronomio 24:13)

Mis padres lo atesoraron para este mundo y yo he atesorado para el mundo venidero; como está dicho: “e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Adonai será tu retaguardia. (Isaías 58:8)

El Talmud nos regala esta hermosa leyenda sobre el valor de la Tzedaká. Sin lugar a dudas este es un Midrash apologético que busca demostrar a través de una bella historia el inmenso valor que tiene la Tzedaká en el pensamiento rabínico. Al parecer esta historia sobre el rey Munbaz II (o Monobaz II como aparece en ciertas fuentes) era muy popular en los tiempos de los Tanaim y de los Amoraim ya que aparece con mínimas diferencias en varias fuentes paralelas.[1] La pregunta que guía este Midrash es ¿Cuál es la mejor forma de atesorar nuestra riqueza? ¿Cúal es el mejor lugar de invertir nuestro dinero? La familia de Munbaz tiene una respuesta: en el banco. Munbaz, por el contrario, considera que la mejor forma de invertir y de resguardar sus riquezas es haciendo tzedaká.

Antes de analizar la historia veamos quién fue este Munbaz. Munbaz II fue el hijo del rey Munbaz I y de la reina Helena.[2] Ambos eran los reyes de Adiabene, un reino de Asiria cuya capital era Arbela. Junto a su madre y a su hermano mayor, Izates, los tres se convirtieron al judaísmo antes de ascender al trono.[3] Luego de la muerte de su hermano Izates él asumió el trono. Tanto Munbaz II como su madre, la reina Helena, son recordados de forma muy positiva por las fuentes rabínicas clásicas. Son considerados como conversos sinceros[4] y hay varios relatos donde se narra que donaron grandes obras al Templo de Jerusalém. Flavio Josefo agrega incluso que muchas personas de su séquito apoyaron la guerra de los judíos contra Roma (Guerra 2:520).

Como ya hemos dicho esta familia, especialmente Helena y Munbaz II son recordados como conversos piadosos y generosos. El Midrash[5] nos cuenta que cierta vez Munbaz estaba leyendo la Torá y cuando llegó al versículo “Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio” (Génesis 17:11) comenzó a llorar y fue inmediatamente a circuncidarse él mismo. Sobre su generosidad, y la de su madre, la referencia más conocida se encuentra en la Mishná (Ioma 3:10): “El rey Mumbaz hacía de oro todas las asas de los utensilios empleados en el día del perdón. Helena, su madre, hizo un candelabro de oro que colocó en la entrada del templo. Hizo también una mesa de oro sobre la que estaba escrita la perícopa de la mujer adúltera.” La Toseftá (Meguilá 4:30) nos cuenta también que si bien no es necesario fijar una mezuzá en un hotel, la familia de Munbaz colocaba una mezuzá cuando se quedaba en alguna posada, hecho que demuestra su extensa piedad. También se cuenta que en uno de sus viajes a Judea Helena construyó una gran Sucá y la misma era frecuentada por muchos sabios (Toseftá, Suka 1:1).

Según la información histórica con la que contamos Izates reinó del año 30 al 58 y Munbaz II del 58 hasta mediados de la década del 70 del siglo primero. Por este motivo podemos creer que este Midrash puede llegar a tener un asidero histórico ya que la familia real de Adiabene al convertirse al judaísmo se mudó a Jerusalém donde mandó a construir grandes palacios[6] y los tiempos de “sequía” de los cuales habla el Midrash bien puede referirse a los años previos a la destrucción del Templo de Jerusalém en el año 70, donde la ciudad estaba sitiada y hay numerosas referencias en la literatura rabínica de la intensa pobreza y necesidad que hubo durante ese periodo.

Flavio Josefo también da testimonio que la familia real de Adiabene donaron grandes fortunas para ayudar a los necesitados de Jerusalém lo cual refuerza que este Midrash tiene alguna base histórica:

“Descendió, pues, a la ciudad de Jerusalén[7], acompañándolo su hijo durante un largo trecho. Su llegada resultó sumamente provechosa para Jerusalén, pues en aquel momento la ciudad sufría por el hambre y muchos morían a causa de la indigencia. La reina Elena envió a algunos de sus esclavos, unos a Alejandría para que compraran trigo, otros a Chipre para que trajeran un cargamento de higos. Regresaron lo antes posible, y ella distribuyó estos alimentos a los nativos, dejando por este motivo un recuerdo imperecedero en nuestro pueblo. Su hijo Izates, cuando supo que en Jerusalén pasaban hambre, envió una gran cantidad de dinero a los principales de la ciudad.”[8]

Ahora sí, más allá de las referencias históricas lo central aquí es el relato, la leyenda y su mensaje. La familia de Munbaz, sus otros hermanos y la familia de su padre, no entendían como él derrochaba el dinero que su padre y su familia había atesorado por generaciones. Para ellos el atesorar oro en alguna bóveda le daba a la familia real seguridad, poder y prestigio. La parte de su familia que no se había convertido al judaísmo no comprendía aquel extraño valor de la tzedaká, para ellos no era justicia social sino un derroche del dinero. Repartir dinero entre los necesitados no lo consideraban un acto de justicia sino un acto de despilfarro. El midrash, creo yo, plantea un juego interesante de palabras entre el nombre Munbaz (מונבז) y el hecho de derrochar (mebazbez-מבזבזם). Para el observador externo el donar es un acto de derroche, para quien lo hace es un acto de justicia.

Según el Midrash Munbaz, al ser increpado por sus familiares, les responde que no sólo que él no derrochó la fortuna familiar sino que él, dando tzedaká, pudo atesorar de una forma mucho más segura y beneficiosa su propio dinero y el de sus padres. Munbaz da 6 razones para las cuales cita a continuación un versículo bíblico como apoyatura textual. Analicemos cada uno de sus argumentos

  1. Bajo y alto. Su padre tenía una concepción de la riqueza material, del mundo terrenal, de las necesidades del cuerpo mientras que él concebía a la riqueza en su sentido más elevado, en un sentido espiritual, en la posibilidad de ayudar a otros con sus propios recursos. Su padre y sus antepasados consideraban que la verdadera riqueza se manifestaba en cuanto podemos acumular aquí en este mundo. Sin embargo Munbaz decidió apostar y atesorar su fortuna en lo alto, apuntando al Cielo. La justicia (tzedaká) mira desde los cielos dice Munbaz citando un famoso Salmo.
  2. El control de la mano. Su padre atesoró el dinero en bóvedas que podían fácilmente ser robadas mientras que él al hacer tzedaká imposibilitó que le roben las riquezas repartiendo los millones en pequeñas fracciones, insignificantes para el ladrón pero trascendentes para cada hambriento y necesitado. Al aumentar las posesiones aumentamos las preocupaciones, enseña Pirkei Avot. Al repartir nuestras posesiones aumentamos nuestra satisfacción, podríamos decir nosotros.
  3. El tener frutos. El dinero en una caja de seguridad no genera frutos, no aumenta ni disminuye, se estanca. En cambio el dinero en la mano de los necesitados genera grandes frutos. Con aquel dinero cientos y miles pueden comer, sostener a su familia y proveerles la esperanza de un futuro distinto. Aquel dinero puede ayudarles a reactivar su economía, a comenzar un pequeño emprendimiento y a salir adelante. Ya lo dijeron grandes economistas en el siglo XX, a veces la mejor forma de reactivar la economía es repartir dinero para que la gente comience nuevamente a consumir, para que la rueda comience nuevamente a girar.
  4. Dinero vs. Almas: Hay quienes guardan su riqueza en monedas, en bonos o en acciones. Hay otros que su riqueza se basa en cultivar almas y en ayudar a los demás. Munbaz no invirtió en la bolsa pero decidió invertir en algo mucho más valioso: en las personas y en su futuro.
  5. Para otros o para mí: hay quienes durante generaciones o decenas de años acumulan fortunas familiares para la posteridad de su familia, para poder dejarlo en herencia sin nunca disfrutar de lo que tienen. Otros, sin descuidar a sus familias, prefieren gastar sus riquezas en el presente para ellos mismos. Munbaz dando tzedaká acumuló le hizo un bien a muchos y también acumuló para él, ganó “puntos” en aquel tablero imaginario en el cual Dios computa las buenas y las malas acciones de todos nosotros.
  6. El Olám Habá (mundo venidero): La riqueza material es la moneda de cambio de este mundo. En el Olám haba no es rico quien cosechó más dinero sino quien cultivó su mente y su espíritu; quien se dedicó durante su vida a ayudar y hacer de este mundo un lugar mejor. Hay quienes atesoran gruesos billetes para este mundo (Olám Haze), están también quienes hacen una puesta a largo plazo, una puesta por el Olám Habá.

 

Quiera Dios que siempre podamos elevar nuestra mirada para ver la necesidad del otro y siempre apuntar bien alto. Que nuestra mano siempre pueda estar dispuesta a dar y que nunca esté cerrada a la necesidad del otro. Que sepamos sembrar y cosechar los frutos de nuestro esfuerzo. Que podamos atesorar una gran fortuna, no solo en dinero, sino en almas; que podamos con nuestro dinero transformar la vida de muchas personas. Que podamos dejar un legado y una vasta herencia pero que a su vez podamos disfrutar la vida con plenitud. Que los frutos de nuestro trabajo y nuestro sacrificio puedan hacerse palpables en este mundo pero que su recompensa se multiplique en el mundo venidero. Amen.

[1] La fuente más antigua de este relato se encuentra en Toseftá Pea (Liberman) 4:18. La misma también se encuentra en el Talmud Yerushalmi Pea 1:1. Colecciones midrashicas más tardías también recuperaron y reprodujeron este famoso Midrash (ver por ejemplo Pesikta Rabati, 25 Aser Taaser).

[2] Rashí sugiere que era el hijo de Helena pero de la simiente de los Jashmonaim sin embargo a veces Rashí se equivoca como bien lo menciona el Maharashá en sus Jidushei Agadot.

[3] Flavio Josefo, Antiguedades 20:2:3. Tanto Izates como Helena fueron influenciados y convertidos por dos comerciantes judíos.

[4] Otzar HaMidrashim, Ezer Galiot 2 indica que Munbaz y su madre Helena fueron dos de los 10 reyes y reinas extranjeros que se convirtieron al judaísmo.

[5] Bereshit Raba 46:11

[6] Flavio Josefo indica que luego de la muerte de su hermano y su madre mandó a construir palacios en Jerusalém y envió también los restos de sus seres queridos para ser enterrados allí (Antiguedades 20:4:3)

[7] En el año 46 d.e.c según las cronologías de la época.

[8] Flavio Josefo, Antiguedades 20:2:5.

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