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Parashat Naso

por mayo 17, 2013 Sin comentarios

דַּבֵּר אֶל בְּנֵי יִשְׂרָאֵל וְאָמַרְתָּ אֲלֵהֶם אִישׁ אוֹ אִשָּׁה כִּי יַפְלִא לִנְדֹּר נֶדֶר נָזִיר לְהַזִּיר לַיקֹוָק: Habla a los hijos de Israel y diles: El hombre o la mujer que se apartare haciendo voto de nazareo, para dedicarse a Adonai… (Bemidbar 6:2)

 

La Parashá de esta semana nos confronta con la figura del nazir, aquel hombre o mujer que voluntariamente decidía apartarse del mundo para allegarse más a Dios. La Torá menciona tres grandes prohibiciones que todo Nazir debe cumplir: 1) no debe tomar vino, 2) no debe cortarse el pelo y 3) no puede allegarse a un muerto (ni siquiera a su padres o sus hijos!). ¿Es una virtud o un pecado convertirse en Nazir? Rashí, el gran exegeta judeo-frances del siglo XI, se pregunta porque este pasaje del Nazir esta yuxtapuesto al pasaje sobre la Sota (la mujer adultera), para indicarnos, enseña él, que quien ve a una mujer “atrevida” debe alejarse del vino ya que el estado de ebriedad acarrea a la infidelidad. En este sentido podríamos entender que el convertirse en Nazir es protegerse a uno mismo de la transgresión; quizás esta era la valoración más importante de la nezirut en los tiempos de la Torá.
Los sabios judíos medievales tenían opiniones encontradas en relación a aquella nezirut ancestral. Ramban (1194-1270) sostenía que el ser Nazir era un ideal (véase su comentario a Bemidbar 6:14) y que uno debía serlo todo los días de su vida y nunca renunciar a aquel estado de elevación espiritual; y por este motivo –sostiene el exegeta y cabalista de Gerona- un nazir cuando abandonaba sus votos debía traer un Korban Jatat –un sacrificio de expiación por error- ya que era, en su visión, una transgresión abandonar su nezirut. Muy por el contrario, Rambam (1135-1204) sostiene que el motivo de que un nazir deba traer un Korban Jatat al finalizar sus días de nezirut es porque desde un comienzo no debió haberse apartado de lo que la Torá no le prohibió jamás (Hiljot Deot 3:1 y ss.). Quien se aparta de todas las cosas que la Torá nunca prohibió es llamado “un pecador” según nuestro gran maestro Maimonides. De la misma forma que no es correcto entregarse a los placeres y a los deseos sin ningún tipo de restricción, es incorrecto abstenerse de los distintos placeres que la Torá permite y contempla.
En la antigüedad estos votos de abstinencia eran una forma popular de apartarse de la sociedad intentando encontrar allí, en la soledad y en la auto-aflicción, al Eterno. El Nazir no podía encontrar a Dios en la sociedad. Hoy en día muchos monjes (nezirim en hebreo moderno) siguen eligiendo este camino; el apartarse del mundo material en pos de el intento de apegarse al universo espiritual. Sin embargo la forma más popular de apartarse del mundo en nuestros días –producto del dolor y la insatisfacción y otros tantos males que nos aquejan- no es la abstinencia sino la adicción. Nos hemos convertido en una sociedad de adictos. El todo o la nada. Somos adictos al trabajo (workaholic), a la comida (obesidad), a la Verdad (fanatismos-integrismos), al amor (amantes obsesivos); las drogas y el alcohol son únicamente las más evidentes y socialmente condenadas de todas nuestras adicciones cotidianas.
El individualismo y narzisimo de cada época, las abstinencias antiguas y las adicciones actuales, no nos permiten contemplar la enseñanza más sagrada de la Torá: la santidad no se vive en soledad. Al Eterno y a lo trascendente no llegamos aislados en una montaña sino viviendo con y para el otro. Kedoshim Tihu: Santos seréis, en plural y en potencial. El objetivo máximo de la Torá es lograr la santidad de forma colectiva, en comunidad y en sociedad. Los nezirim son egoístas, los monjes son egoístas, los catedráticos de las universidades encerrados en sus claustros son egoístas. Todos aquellos que piensan que pueden “salvarse” y vivir una vida sagrada apartados de la comunidad-sociedad son egoístas. El ser sagrados es un mandamiento colectivo, por eso está en plural. Nos debemos al otro. Siempre antes del yo, está el tú. Antes del nosotros esta el ustedes. Tenemos una responsabilidad (Ajraiut) con el otro (Ajer) tanto como con nuestros hermanos (Ajim).
El camino de la Torá, el camino sagrado de la Torá es siempre, como enunciaba de forma grandiosa el Rambam (Hiljot Deot 1:6), vivir en el punto medio. Vivir en equilibrio entre dos polos, intentando siempre no volcarse a alguno de estos. HaDerej HaIeshara, el camino recto es siempre el punto intermedio entre dos extremos, nunca puede ser uno de ellos. Será por eso, quizás me atrevo a pensar, que el pueblo judío lleva el nombre de Israel que contiene las palabras Iashar-El, el que camina recto hacia Dios. Y en este equilibrio somos nosotros los que tenemos el desafío eterno de inclinar la balanza hacia el lado de la justicia, el amor y la paz; y es por eso que nuestros sabios enseñan (Talmud, Kidushin 40b): No solo el individuo sino el mundo entero se halla en equilibro. Un solo acto de un individuo puede decidir el destino del mundo entero.

Shabbat Shalom!

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